|
28
de mayo de 1997
Reunión
de equipo. Asistimos Charo, el psiquiatra, el enfermero psiquiátrico,
Mirta, Blas, Alberto, Ingrid, Carla y yo. Antes de la reunión,
al subir yo por las escaleras ví a Carlos que estaba conversando
con el psiquiatra en animada charla. Del tema me enteraría al
comienzo de la reunión de equipo. Plantea el psiquiatra que
ha sido informado de la convocatoria de unas jornadas organizadas
por la Administración en las que se debatiría la situación de
la salud mental en la comunidad autónoma sin contar con las
estructuras intermedias de los Hospitales de Día. Lee brevemente
el programa. Se muestra muy pesimista por el escaso interés
del gobierno por nuestra labor de rehabilitación realizada desde
la misma Administración. Hace el comentario de que mientras
el centro de Salud Mental no moleste les tolerarán, pero que
cuando esto así no ocurra aparecerán los problemas. Yo cuento
la idea expuesta por los representantes de la Administración
sobre el interés que les suscita la realización de una planificación
vía conciertos con instituciones sociales privadas. El psiquiatra
muestra su decepción por la confección del programa sin contar
con ningún Hospital de Día ni Centro de Día de la comunidad
autónoma vasca, cifrados en 8 en total.
Pasamos
a los pacientes. El primero es la cuñada de Lola. Charo habla
de la escasa entidad de su yo. Esta señora tiene la necesidad
de meterse en la cama cuando no puede más. Informa de que Lola
durante la sesión se quejó de sus compañeros del Hospital de
Día, quienes se reían de la enfermedad de los demás, y esto
a ella le ofendía. Luego se pasó a hablar de Pili, la paciente
que se enamorara locamente de su terapeuta. Charo describió
la mejoría de la paciente. El psiquiatra coincidió en ello.
Ahora la joven paciente adopta una conducta de participación
en las actividades, muy distinta a su alejamiento del contacto
emocional de antaño.
De
ésta el psiquiatra pasa a la despedida de Alberto de hoy. Le
comunica su agradecimiento por el interés y el trabajo demostrados
durante casi más de un año de su participación en el Hospital
de Día. Charo redunda más en lo mismo y le agradece la ayuda
valiosa que siempre le aportó en los tratamientos de familias.
El psiquiatra le ruega que le diga con qué de la experiencia
se quedaría. Alberto responde que con todo. Habla de la calidad
del encuadre de la institución que lo tiene todo. Cuenta sus
primeros miedos de los días iniciales en el Hospital de Día.
Miedos a los pacientes.
Pasamos
al Hospital de Día. Allí saludo a los primeros pacientes: Paúl,
Jeremias, Gabriel, en llegar. El grupo de buenos días está desequilibrado
en la asistencia del lado de los terapeutas. Se organiza la
compra de los ingredientes para la celebración. Chus me invitó
a jugar al ping-pong. Teresa me responde a mi pregunta con la
idea ilusionadora de que fue capaz ayer de estudiar la asignatura
morfosintáxis. Le felicité por ello. Todo esto en un aparte
entre ambos. Se organizan los equipos en función de la elaboración
de los distintos platos. Allí por primera vez aprendí a cocinar
una pizza. El maestro fue Tomás, quien explicó que en su casa
eran junto a la hermana los cocineros del suculento manjar.
Salió un verdadero banquete. Comimos sin cortarnos un pelo.
Teresa escenificó esta realidad al exclamar que no podía más
y que ahora se iba a desabrochar el cinturón por la cantidad
que había comido. Alberto, ese compañero un poco tímido que
tanto me hacía recordar a mí en el pasado, nos deleitó con unas
composiciones de su bandurria, sonido que desde la última celebración
de exalumnos del colegio yo no había vuelto a oír.
Muy
bonito final. Él se llevó de recuerdo una postal con un montón
de firmas de compañeros y de pacientes con dedicatorias que
hacían referencia a su condición de músico y a los proyectos
profesionales que se le abrirían a partir de ahora, con el común
denominador del deseo de suerte.
Luego
pasamos al grupo multifamiliar. Allí los pacientes y sus familiares
en número de 40, sin la presencia del jefe del servicio, y conducidos
por el psiquiatra, ofrecieron una escenificación de lo que era
un grupo grande de esquizofrénicos. El delirio de Chus, el festín
maníaco ante la gravedad de la enfermedad mental y su dolor,
las participaciones múltiples y simultáneas carentes de orden
en la temática o en el turno de intervención, conté unos seis
grupitos hablando entre sí, los proyectos idealizados de Paúl,
de Carmen, que aunque irreales, apuntaban a una mejoría en cuanto
a que tenían en cuenta elementos de la realidad tales como la
necesidad de darse tiempo, de poseer paciencia, de planificar
de un curso para otro.
Carmen
habló conmigo antes de comenzar el grupo, para confiarme su
proyecto de un negocio de esteticién o de estudiar Formación
Profesional dos. Yo le animé mucho y le pedí paciencia. Hice
un vínculo excelente. También con el padre de Teresa, mi primera
paciente asignada. Con la madre de Carmen, una andaluza simpatiquísima,
muy enganchada con su hija en un vínculo sadomasoquista. Observé
que estas tres personas me miraban con intensidad afectiva y
deseo de dirigirse a mí y de ser respondidas por mí. No hablé
porque antes quería obtener la venia del conductor psiquiatra.
Teresa lloró cuando confesó al grupo el problema que para los
enfermos como ella suponía el exceso de control de los padres
que les impedían viajar de vacaciones tal y como lo hacían sus
amigas. Su padre intervino para decir que no podía permitirle
a su hija que se fuera de vacaciones porque a esas edades duermen
a las 4 de la mañana y no a la 1, con lo que se vería en la
tesitura de tener que ir a por ella a Inglaterra, a buscarla,
si allí le diera la crisis, tal y como ya ocurrió en Córdoba.
Pero su contenido apenas pudo ser escuchado por nadie porque
en esos momentos un grupo de padres desde diferentes lugares
hablaban al alimón. Pero sí llegué a escucharle y a captar mediante
mi intuición al padre que desea ser escuchado por el médico
que atiende a la hija en la estructura familiar del tratamiento.
Al
finalizar el grupo multifamiliar saludé a Teresa y ésta me respondió
con disimulo y complicidad. Temí que la paciente se enamorara
de mí tal y como le ocurriera a Pili de Alberto. Esta joven
es muy bella y me cae especialmente simpática porque es de letras,
porque va a estudiar la carrera de Filología hispánica, que
yo aún no me he atrevido a hacer. Ramón defendió la idea de
la separación del domicilio familiar. Chus reprochó a Ros su
postura de no separarse de las faldas de su madre como respuesta
a la pregunta de éste sobre si iba a ir en autobús a Roma a
pacificar el mundo -tema del delirio que contara Chus-. Carmen
y Ros se encontraban a mi lado. Ros ofreció a Carlos un asiento
más cercano a nosotros. Ros ponderó mucho en sus intervenciones.
Controló su agresividad tal y como yo le pidiera antes del comienzo
del grupo multifamiliar. Le dije que un buen trabajo para mejorar
consistía en contener su agresividad. Me hizo caso. Bien por
Ros.
En
el postgrupo de los miembros del staff estábamos Carla, Carlos,
el psiquiatra y yo. Expuse la escenificación esquizofrénica
del grupo, pedí permiso, también Carlos lo pidió, para poder
intervenir con libertad. Le pregunté al psiquiatra si se había
sentido agobiado por ser el único conductor. Respondió que se
encontró muy cómodo. También respondió a nuestra pregunta con
un sí, porque para él la presencia de dos observadores en el
grupo multifamiliar sería entendido por los pacientes como un
objeto muy persecutorio, dada su patología. Aporté la observación
de que la cuñada de Lola se rió de las intervenciones de Carmen.
Era un complemento a la información que sobre la enferma se
dió en la reunión de equipo en la que se dijo que Lola estaba
molesta por las risas de sus compañeros a su enfermedad. El
psiquiatra dijo que el grupo multifamiliar lleva muchas sesiones
tratando el tema de la cronicidad, que ése era el tema de siempre
en un un grupo multifamiliar: la cronicidad de la enfermedad.
Yo dije que ví a los participantes muy desanimados en cuanto
a la consecución de la curación o de únicamente la mejoría.
Era claro en el caso de los padres. Los pacientes hijos sin
embargo luchaban por sobrevivir.
29
de mayo de 1997
Grupo
de buenos días. Saludo a los pacientes que se encuentran desayunando
en la mesa. De los 13 pacientes titulares del Hospital de Día
asistieron 10. Faltan Graciela, Kin, ambos ingresados, y Susana.
Hoy es el cumpleaños de Jeremías. Cumple 37 años. Yo le pregunto
por su estado de ánimo. Me responde que bastante mal. Respeto
su sufrimiento. Al llegar al Hospital de Día Paúl, le felicita
a Jeremías su onomástica. El resto nos sumamos a la felicitación.
El enfermero psiquiátrico comenta que hoy regalan el mapa del
País Vasco comprando el diario El País. Dice que se ha agotado.
Yo traigo mi mapa. Todos lo miran. "Es de Floren", dicen los
pacientes. Teresa me enseña un mural en el que se anuncia una
actuación en su pueblo, localidad situada a 9 km del Centro
de Salud Mental, de la compañía de ballet en la que se ha formado.
La cita será el día 6 de junio, viernes, a las 10 de la noche.
En el mismo se aprecia una foto de un grupo de niñas de 7 y
8 años, las pequeñas, en pose de trabajo. Añade que a ella no
se le ve porque está con las mayores detrás de la escenificación.
Teresa me muestra su deseo de compartir con todos nosotros,
conmigo, este acontecimiento al que ella acudirá como espectadora
puesto que declinó la invitación que le hiciera su profesora
de participar en la representación, alegando falta de tiempo
por su estado de compromiso con el Hospital de Día y con la
preparación del examen del 21 de junio.
A
continuación se inicia la actividad del vídeo. Teresa toma el
bolígrafo y comienza a leer y a escribir sobre la siguiente
escena. Una vez leída la escena de la semana pasada en la que
se describía el discurrir de una clase, se comenta sobre el
contenido a escribir relativo a la finalización de la clase
y a la separación de los alumnos en tres grupos, uno se queda
en clase, el otro va a la cafetería y el tercero se encuentra
en el patio. Es el recreo. Se describe y después de acordar
el contenido, teniendo las escenas bien fijadas, se pasa a su
redacción por parte de Teresa.
8
de octubre de 1997
Este
día era especial. Sabíamos que el paciente Paúl se iba a despedir
del H de D, de sus compañeros, de sus terapeutas, aunque no
de la institución que le ofreció el espacio del postgrupo, de
dos años de duración, con el objeto de que consolidara los progresos
logrados durante su trabajo de seis meses en el H de D y en
los grupos, dos a la semana, de psicoterapia.
Asiste
el equipo al completo a la reunión, más las tres psicólogas
voluntarias -finalmente serán tres y no dos-. Falta Petra. Se
esperaba para la actividad del grupo multifamiliar la presencia
de dos psiquiatras suizas. Fue por ello que durante esta semana
no se cambió al nuevo horario, decisión que se tomara en la
jornada del viernes 26 de septiembre, jornada de reflexión de
los pacientes del Hospital de Día.
Hoy
se hablaría de las familias de los pacientes. El psiquiatra
informó de la sesión familiar de Sam. Charo de la de Gabriel,
el psiquiatra de la de Lalo, Charo de la de Pili y de la de
Tomás. La valoración de la evolución del proceso de Sam fue
muy positiva. Salieron logros importantes de este paciente durante
el pasado. Él era un hombre de mucho mundo. Navegó, trabajó
y ayudó a su hermana y a su familia tanto económicamente como
por hacer de embajador en viajes de recreo al extranjero. El
paciente sin embargo se muestra como soldado, agarrotado en
su cuerpo, asido por la estructura obsesiva de su sistema de
defensas. De Gabriel Charo comenta el problema de que el hijo
no desee volver al Hospital de Día. Acude únicamente la madre
a la sesión. Gabriel se pasa el día entero en la cama. La madre
se muestra aliada con el hijo para obstaculizar el cambio, que
le supondría entrar en emociones de angustia muy fuertes, así
como la revisión de la problemática familiar con la presencia
de una hija toxicómana. El padre, enfermo de una fuerte depresión.
La situación en casa es emocionalmente intensa. Yo hago una
valoración positiva de los logros de este paciente en esta última
experiencia: llegó a mantener el tipo durante 4 meses en el
Hospital de Día. El psiquiatra, escuchándome, varía su anterior
análisis de la experiencia del paciente, mucho más derrotista.
El equipo acepta esta interpretación del fracaso terapéutico
del paciente, en la esperanza de que algún día regrese para
continuar desde donde lo dejó y así podría llegar más lejos.
No se pudo hacer más. Charo anima a la psicóloga voluntaria
Ingrid informándole de que empezarán a ver a Mario ambas. Esta
psicóloga era coterapeuta de Gabriel, el paciente que dejó el
tratamiento. De Tomás depositó en el psicólogo voluntario Blas
la tarea de la transmisión del material de la sesión. Básicamente,
se debatió el estado de paranoia del paciente que vive sintiendo
un ojo que le vigila desde atrás. Este ojo le exige mucho. No
escribe nada. Está confuso. No sabe qué proyecto acometer. No
desea estudiar 3º de BUP, donde abandonó sus estudios, a pesar
de que los padres le han matriculado para este curso que ahora
empieza. Se interpretan sus comentarios a mí como el resultado
del deseo del paciente de llegar a ser como yo: un escritor,
porque yo sí lo soy. El paciente se define a través de su deseo
igual que si ya pudiera escribir. Pili está mejor. Afronta la
ansiedad derivada de la separación de su mamá para acercarse
a sus iguales del curso de inglés. Le cuesta mucho mantener
el esfuerzo de asistir y de entender las explicaciones que da
el profesor. No hay tiempo para más y pasamos al H de D.
Asistirían
doce pacientes. Lola llegó cuando comenzábamos la degustación
de la comida. Teresa llegó a la hora del desayuno enfadadísima.
No había venido ayer. Dió grandes pasos. Gritó que se iba del
Hospital de Día. Dijo que nos regalaba su cuadro que estaba
elaborando en su espacio de taller, como recuerdo de su estancia
con nosotros. Hizo además de sentarse a mi lado. Sacó la silla
con la intención de acercarse. Yo me quedé sin reacción. En
esa décima de segundo que yo falté por tener ese día los reflejos
lentos, le detuvo en esa intención y se fue cerrando la puerta
sin dar un portazo. Yo hice ademán de salir detrás de ella,
pero dudé. Nos miramos el enfermero psiquiátrico, Ingrid y yo.
Mirta salió detrás de la paciente. La paciente había dicho que
se iba a la playa para disfrutar del día en la compañía de algún
amigo.
Yo
tuve un conflicto con mi contratransferencia. Pensé en la idea
del acompañamiento de la paciente por la calle. Pero a la vez
temí por la posibilidad de que fuera acusado de connivencia
con los deseos eróticos incestuosos de la paciente. Pensé en
aquel incidente ocurrido en mi consulta hace muchos años, cuando
una paciente me dió un par de besos en las mejillas al despedierse
de mí en el quicio de la puerta de entrada del centro de Psicoterapia
en donde yo entonces trabajaba. La paciente lo hizo delante
de la secretaria y de otra psicóloga que estaban hablando amigablemente
sentadas en las butacas del hall de entrada. Éstas reaccionaron
corporalmente poniendo cara de asombro, lo que me confirmó la
impresión de que la paciente había actuado su afecto hacia mí
ofreciendo una muestra de ello ante las otras mujeres de la
consulta. Este insignificante incidente me ocasionó un problema
con el jefe del centro, quien se enteró del mismo y me llamó
al orden con la amenaza de despedirme de allí. Aunque años más
tarde me pidió a su manera disculpas por lo equivocado de su
interpretación de aquella anécdota, el daño estuvo hecho. Entonces,
yo decidí despedir a la paciente en la puerta de mi consulta,
a solas, para ahorrarme las dificultades de una repetición de
la actuación de la paciente que me llevaría a afrontar un serio
conflicto con la institución en donde yo trabajaba. Observé
que la paciente ya no me besaba al despedirse de mí.
Teresa
vino con el padre, que se quedó con ella y la acompañó hasta
la institución. De esto se quejaba Teresa: "Estoy harta de que
mi padre me siga a todas partes y no me deje en paz. No soy
una niña". Ésta era su frase. Llamaron al jefe del servicio,
quien al final atendió a la hija y al padre. Yo mientras tanto,
contuve al padre, haciendo espera hasta la llegada del jefe
del servicio, el médico de Teresa. "Quiero estar con mi médico",
bramaba. El padre me informó de que la paciente había aprobado
linguística y había realizado el día anterior la tramitación
para la matriculación del nuevo curso universitario. A partir
de allí la paciente se disparó.
La
celebración de la despedida de Ramón fue maravillosa. En el
desayuno hablé con Sam, con Jeremías, con Tomás, quienes se
interesaron por mi actividad de ayer, ya que no me vieron. Les
expliqué que ya sabían lo de mi despedida del espacio de musicoterapia
y del de psicodrama. Les anuncié mi despedida del espacio de
expresión corporal del próximo viernes. Lo aceptaron bien. Sam
me hizo el comentario jocoso de que yo me despedía lentamente
y no bruscamente como los otros.
10
de octubre de 1997
Sesión
clínica. Se decide cambiar el lugar ante la presencia de numerosos
asistentes a la sesión. Asiste el equipo al completo menos Petra,
las tres psicólogas voluntarias que ya forman parte del equipo
y las dos psiquiatras suizas: Maca y Luisa. También el jefe
del servicio. Maider también. Beti entraría antes del final.
Se
visiona el vídeo del psicodrama del pasado día 7 de octubre,
en el que se hizo una representación de la despedida del paciente
Paúl, quien realizó un excelente proceso psicoterapéutico durante
su estancia de seis meses en el Hospital de Día. El psiquiatra
hizo las labores de presentación de la actividad de psicodrama,
de la que detalló que estaba dividida en tres tiempos: el primero
era la puesta en común del estado emocional de cada uno de los
pacientes, el segundo era la invitación a aquellos pacientes
que estuvieran especialmente motivados para ello a la representación
del conflicto que trajera, siempre procurando que todos los
pacientes tuvieran el mismo espacio para representar sus conflictos,
y el tercero y último tiempo era la puesta en común de todo
el material que la observación de la representación daba lugar.
Esta explicación iba dirigida a las dos psiquiatras de Suiza
y a las tres psicólogas nuevas voluntarias.
Visionamos
la grabación. En ella el paciente Paúl mostró un grado importante
de capacidad de simbolización. Su ejercicio era el de representar
a todos y a cada uno de los compañeros del Hospital de Día.
También cada compañero hizo una representación a su vez de aquello
que se quedaba de Paúl. Salió mencionado varias veces el viaje
en bicicleta de Paúl, que significaba su proceso terapéutico,
su salida de la psicosis. No participó en el psicodrama Vitorio,
al que se consideró un paciente con reducidas posibilidades
de aguantar los seis meses del proyecto, ante las presiones
de su madre para que se emancipe -esto lo contó Petra a la reunión
del lunes siguiente-. Además el vínculo establecido con los
compañeros era escaso. Este paciente se mantiene un tanto apartado
del grueso de pacientes. Se valoró la espontaneidad de Chus
en la representación de su compañero en comunión con la naturaleza.
El
documento fue extraordinario por su contenido demostrativo de
la capacidad de los pacientes esquizofrénicos para desarrollar
un proceso psicoterapéutico propio que les rescatara del núcleo
de la psicosis. Las psiquiatras suizas se llevaron una profunda
impresión del resultado de la sesión del psicodrama de aquel
día. Luego desayunaríamos con los pacientes.
Al
cabo de un rato iniciaríamos la jornada de la última expresión
corporal de la antigua etapa. Beti dividiría la sesión en dos
partes: la una en torno a unos ejercicios en círculo. Cada participante
realizaba unos movimientos a los que el resto imitaba, que luego
derivarían en un contacto con el suelo.
La
segunda parte estuvo centrada en la actividad plástica. Beti
repartió una plastilina a cada participante -las psiquiatras
suizas y yo participamos, la voluntaria Ingrid declinó la invitación
adoptando una posición que pretendía ser la de la ayudante de
Beti, cuando la misma Beti le había invitado a participar-.
Con los ojos cerrados los pacientes conformaron una figura.
Disponían de plena libertad para elegir el tamaño del muñeco.
Los
pacientes admitieron bien la venda que se les puso para asegurar
que los ojos permanecerían cerrados durante el ejercicio. Chus
declinó la venda alegando que no lo aguantaba. Las psiquiatras
suizas y yo hicimos lo mismo, pero por distinta razón que la
esgrimida por el paciente Chus, en nuestro caso no lo necesitábamos,
mientras que en el caso de Chus la razón era que él no lo aguantaba.
Al final, pusimos los muñecos encima de una tabla que representaba
el espacio del Hospital de Día. El muñeco de Chus era una forma
alargada que a mí me pareció la imagen de una foto movida por
estar sacada en movimiento. Al cabo de poco el paciente pegó
un fortísimo golpe al muñeco. Todos eran trasuntos de cada uno
de los autores. Este movimiento que alguno calificó de terremoto
tiró a algunos muñecos de pie al suelo. Los autores los volvieron
a poner de pie. Chus recogió su muñeco. Dijo que no le gustaba.
Entonces hizo una bola y la colocó en la perifería en lugar
de en el centro, anterior espacio que ocupara el muñeco alargado.
Beti le interpretó que la bola era una mórula. El paciente dijo
que ahora sí se parecía a él porque se veía gordo como la bola.
Felipe colocó un muñequín en la perifería, sin apenas espacio
ni cuerpo. El grupo le devolvió la idea de que a ese muñeco
le faltaba alimentación. Yo aporté que también le faltaba espacio
para desarrollarse. A su lado se encontraba el muñeco de Jeremías,
que se encontraba tumbado al igual que su autor, quien explicó
su estado de cansancio por las actividades de toda la semana.
Vivió mi muñeco, de pie, como amenazante. Le aclaré que no era
esa su actitud sino la de dar un abrazo. Sam hizo un muñeco
grande, un extraterrestre.
Beti
pasó a todos una hoja con las siguientes preguntas para contestar,
sobre el muñeco: 1ª ¿Quién eres tú? 2ª ¿Qué expresión principal
encuentro en él? 3ª ¿Qué necesita? 4ª ¿Dónde encuentro más vida
en él? 5ª ¿Dónde encuentro sus dificultades? 6ª ¿Cómo es su
manera de estar? 7ª ¿Cómo son sus articulaciones? 8ª ¿Cuál sería
su movimiento? 9ª ¿Qué personajes me inspiran ese ser? Después
vino un espacio de comentarios por parejas. Yo estuve con Tomás.
Al
final, la puesta en común. La despedida de las psiquiatras suizas,
quienes muy emocionadas informaron de la intensidad de la experiencia
y agradecieron a los pacientes la oportunidad de la experiencia.
Los pacientes les devolvieron un cerrado aplauso y les comunicaron
el buen vínculo que habían establecido con ellas dos. Beti se
fue y me dejó al mando del grupo. Lo piloté durante cinco minutos.
A su vuelta informé de mi despedida del espacio al grupo. Éstos
me aplaudieron. Me sentí muy a gusto.
Les
agradecí sus ricas enseñanzas. Les conté que yo comencé mi carrera
de psicoterapeuta llevando grupos de expresión corporal. Les
hablé de que esta actividad reducía la diferencia entre terapeutas
y pacientes a la mínima expresión: ambos éramos iguales: personas.
Esto gustó mucho a los pacientes. Beti me agradeció con su característica
amabilidad la ayuda que le había prestado. Me confió su sensación
de verse vigilada al principio, y el cambio experimentado hacia
su vivencia de que yo estaba a su lado para los momentos difíciles.
Así acabé mi experiencia con la expresión corporal. Me llevé
en lo más profundo de mi corazón el cariño del grupo.
SEIS
AÑOS DESPUÉS
Los
pacientes
Lalo
regresó al trabajo en la huerta de sus padres.
Mari volvió al estudio.
Lola terminó la licenciatura.
Juana empezó a trabajar.
Kin abandonó las drogas.
Tomás retomó los estudios de bachillerato.
Chus se presentó a entrevistas de trabajo. Tiene novia.
Sam se hizo cargo de su madre viuda.
Gabriel retomó su labor de cameraman en la TV.
Teresa terminó la licenciatura.
Pepe se puso a trabajar.
Paúl se mudó a un piso con amigos.
Carmen se instaló en un piso.
Susana trabaja.
José se suicidó.
Ariz sigue en tratamiento.
Pili sigue en tratamiento.
Chento sigue en tratamiento.
Fede recuperó el habla y se comunica normalmente.
Tirso trabaja.
Iker sigue en tratamiento.
Ros sigue en tratamiento. Juega con sus amigos.
Txetxu trabaja a temporadas.
Felipe alterna las temporadas de ingresos con los trabajos.
Jeremías sigue en tratamiento.
Los
terapeutas
Mirta
se casó y emigró.
Ana es grupoanalista docente y tuvo hijos.
El psiquiatra sigue dirigiendo el Hospital de Día.
Charo continúa trabajando con grupos.
Ingrid inició una psicoterapia. Petra encontró trabajo.
El enfermero psiquiátrico sigue ayudando a los pacientes.
Blas encontró trabajo en una comunidad.
Maider se instaló en la privada y trabaja con grupos .
Beti sigue conduciendo la expresión corporal.
Dra. Bilbao cambió de centro de trabajo.
Carla se hizo grupoanalista y encontró trabajo en el sector
sociosanitario .
El jefe del servicio continúa en su puesto, ayudando a los pacientes.
Fernando cambió de puesto de trabajo.
Alberto realizó su tesis doctoral.
Carlos murió en un accidente de tráfico.
Las dos psiquiatras suizas acabaron su formación grupal.
Yo me hice grupoanalista y encontré trabajo en el sector sociosanitario.
CONCLUSIONES
La
experiencia de aprendizaje mediante el método de inmersión consistió
en el trabajo desde las 8;30 horas hasta las 15;15 horas durante
todos los días de la semana, en la institución organizada interiormente
como una comunidad terapéutica. Desde la primera reunión de
equipo, nada más comenzar la jornada, hasta la última reunión
de equipo al final de la jornada, trascurrían casi siete horas
de trabajo intensivo grupal, que son muchas horas, todos los
días de la semana.
A
lo largo de la experiencia, pude desarrollar la asistencia clínica
en psicoterapia grupal, farmacoterapia antipsicótica de última
generación, mi formación y aspectos de política, enseñanza y
administración de gestión en salud mental. No obstante, he preferido
exponer mis ideas sobre trabajo grupal en este formato de contar
lo que pasó, para eludir la inevitable dificultad con la que
se encuentran las nuevas generaciones de psicoterapeutas grupales
a la hora de aprender de sus maestros, cuando éstos utilizan
un lenguaje teórico, tipo jerga, que inevitablemente sesga la
comunicación, facilita la aparición de muchos malos entendidos,
la hace aparentemente falsa, idealizada, y a la postre se muestra
ineficaz para conseguir el objetivo de la transmisión de conocimientos.
Es
decir, he preferido exponerlo así para que se entienda.
|
|