Vol. 2, núm. 3 - Agosto 2003     Revista Internacional On-line / An International On-line Journal  
 


MI EXPERIENCIA DE APRENDIZAJE POR INMERSIÓN EN UNA COMUNIDAD TERAPÉUTICA (pág. 2)

Florencio Moneo

 
 

28 de mayo de 1997

Reunión de equipo. Asistimos Charo, el psiquiatra, el enfermero psiquiátrico, Mirta, Blas, Alberto, Ingrid, Carla y yo. Antes de la reunión, al subir yo por las escaleras ví a Carlos que estaba conversando con el psiquiatra en animada charla. Del tema me enteraría al comienzo de la reunión de equipo. Plantea el psiquiatra que ha sido informado de la convocatoria de unas jornadas organizadas por la Administración en las que se debatiría la situación de la salud mental en la comunidad autónoma sin contar con las estructuras intermedias de los Hospitales de Día. Lee brevemente el programa. Se muestra muy pesimista por el escaso interés del gobierno por nuestra labor de rehabilitación realizada desde la misma Administración. Hace el comentario de que mientras el centro de Salud Mental no moleste les tolerarán, pero que cuando esto así no ocurra aparecerán los problemas. Yo cuento la idea expuesta por los representantes de la Administración sobre el interés que les suscita la realización de una planificación vía conciertos con instituciones sociales privadas. El psiquiatra muestra su decepción por la confección del programa sin contar con ningún Hospital de Día ni Centro de Día de la comunidad autónoma vasca, cifrados en 8 en total.

Pasamos a los pacientes. El primero es la cuñada de Lola. Charo habla de la escasa entidad de su yo. Esta señora tiene la necesidad de meterse en la cama cuando no puede más. Informa de que Lola durante la sesión se quejó de sus compañeros del Hospital de Día, quienes se reían de la enfermedad de los demás, y esto a ella le ofendía. Luego se pasó a hablar de Pili, la paciente que se enamorara locamente de su terapeuta. Charo describió la mejoría de la paciente. El psiquiatra coincidió en ello. Ahora la joven paciente adopta una conducta de participación en las actividades, muy distinta a su alejamiento del contacto emocional de antaño.

De ésta el psiquiatra pasa a la despedida de Alberto de hoy. Le comunica su agradecimiento por el interés y el trabajo demostrados durante casi más de un año de su participación en el Hospital de Día. Charo redunda más en lo mismo y le agradece la ayuda valiosa que siempre le aportó en los tratamientos de familias. El psiquiatra le ruega que le diga con qué de la experiencia se quedaría. Alberto responde que con todo. Habla de la calidad del encuadre de la institución que lo tiene todo. Cuenta sus primeros miedos de los días iniciales en el Hospital de Día. Miedos a los pacientes.

Pasamos al Hospital de Día. Allí saludo a los primeros pacientes: Paúl, Jeremias, Gabriel, en llegar. El grupo de buenos días está desequilibrado en la asistencia del lado de los terapeutas. Se organiza la compra de los ingredientes para la celebración. Chus me invitó a jugar al ping-pong. Teresa me responde a mi pregunta con la idea ilusionadora de que fue capaz ayer de estudiar la asignatura morfosintáxis. Le felicité por ello. Todo esto en un aparte entre ambos. Se organizan los equipos en función de la elaboración de los distintos platos. Allí por primera vez aprendí a cocinar una pizza. El maestro fue Tomás, quien explicó que en su casa eran junto a la hermana los cocineros del suculento manjar. Salió un verdadero banquete. Comimos sin cortarnos un pelo. Teresa escenificó esta realidad al exclamar que no podía más y que ahora se iba a desabrochar el cinturón por la cantidad que había comido. Alberto, ese compañero un poco tímido que tanto me hacía recordar a mí en el pasado, nos deleitó con unas composiciones de su bandurria, sonido que desde la última celebración de exalumnos del colegio yo no había vuelto a oír.

Muy bonito final. Él se llevó de recuerdo una postal con un montón de firmas de compañeros y de pacientes con dedicatorias que hacían referencia a su condición de músico y a los proyectos profesionales que se le abrirían a partir de ahora, con el común denominador del deseo de suerte.

Luego pasamos al grupo multifamiliar. Allí los pacientes y sus familiares en número de 40, sin la presencia del jefe del servicio, y conducidos por el psiquiatra, ofrecieron una escenificación de lo que era un grupo grande de esquizofrénicos. El delirio de Chus, el festín maníaco ante la gravedad de la enfermedad mental y su dolor, las participaciones múltiples y simultáneas carentes de orden en la temática o en el turno de intervención, conté unos seis grupitos hablando entre sí, los proyectos idealizados de Paúl, de Carmen, que aunque irreales, apuntaban a una mejoría en cuanto a que tenían en cuenta elementos de la realidad tales como la necesidad de darse tiempo, de poseer paciencia, de planificar de un curso para otro.

Carmen habló conmigo antes de comenzar el grupo, para confiarme su proyecto de un negocio de esteticién o de estudiar Formación Profesional dos. Yo le animé mucho y le pedí paciencia. Hice un vínculo excelente. También con el padre de Teresa, mi primera paciente asignada. Con la madre de Carmen, una andaluza simpatiquísima, muy enganchada con su hija en un vínculo sadomasoquista. Observé que estas tres personas me miraban con intensidad afectiva y deseo de dirigirse a mí y de ser respondidas por mí. No hablé porque antes quería obtener la venia del conductor psiquiatra. Teresa lloró cuando confesó al grupo el problema que para los enfermos como ella suponía el exceso de control de los padres que les impedían viajar de vacaciones tal y como lo hacían sus amigas. Su padre intervino para decir que no podía permitirle a su hija que se fuera de vacaciones porque a esas edades duermen a las 4 de la mañana y no a la 1, con lo que se vería en la tesitura de tener que ir a por ella a Inglaterra, a buscarla, si allí le diera la crisis, tal y como ya ocurrió en Córdoba. Pero su contenido apenas pudo ser escuchado por nadie porque en esos momentos un grupo de padres desde diferentes lugares hablaban al alimón. Pero sí llegué a escucharle y a captar mediante mi intuición al padre que desea ser escuchado por el médico que atiende a la hija en la estructura familiar del tratamiento.

Al finalizar el grupo multifamiliar saludé a Teresa y ésta me respondió con disimulo y complicidad. Temí que la paciente se enamorara de mí tal y como le ocurriera a Pili de Alberto. Esta joven es muy bella y me cae especialmente simpática porque es de letras, porque va a estudiar la carrera de Filología hispánica, que yo aún no me he atrevido a hacer. Ramón defendió la idea de la separación del domicilio familiar. Chus reprochó a Ros su postura de no separarse de las faldas de su madre como respuesta a la pregunta de éste sobre si iba a ir en autobús a Roma a pacificar el mundo -tema del delirio que contara Chus-. Carmen y Ros se encontraban a mi lado. Ros ofreció a Carlos un asiento más cercano a nosotros. Ros ponderó mucho en sus intervenciones. Controló su agresividad tal y como yo le pidiera antes del comienzo del grupo multifamiliar. Le dije que un buen trabajo para mejorar consistía en contener su agresividad. Me hizo caso. Bien por Ros.

En el postgrupo de los miembros del staff estábamos Carla, Carlos, el psiquiatra y yo. Expuse la escenificación esquizofrénica del grupo, pedí permiso, también Carlos lo pidió, para poder intervenir con libertad. Le pregunté al psiquiatra si se había sentido agobiado por ser el único conductor. Respondió que se encontró muy cómodo. También respondió a nuestra pregunta con un sí, porque para él la presencia de dos observadores en el grupo multifamiliar sería entendido por los pacientes como un objeto muy persecutorio, dada su patología. Aporté la observación de que la cuñada de Lola se rió de las intervenciones de Carmen. Era un complemento a la información que sobre la enferma se dió en la reunión de equipo en la que se dijo que Lola estaba molesta por las risas de sus compañeros a su enfermedad. El psiquiatra dijo que el grupo multifamiliar lleva muchas sesiones tratando el tema de la cronicidad, que ése era el tema de siempre en un un grupo multifamiliar: la cronicidad de la enfermedad. Yo dije que ví a los participantes muy desanimados en cuanto a la consecución de la curación o de únicamente la mejoría. Era claro en el caso de los padres. Los pacientes hijos sin embargo luchaban por sobrevivir.

29 de mayo de 1997

Grupo de buenos días. Saludo a los pacientes que se encuentran desayunando en la mesa. De los 13 pacientes titulares del Hospital de Día asistieron 10. Faltan Graciela, Kin, ambos ingresados, y Susana. Hoy es el cumpleaños de Jeremías. Cumple 37 años. Yo le pregunto por su estado de ánimo. Me responde que bastante mal. Respeto su sufrimiento. Al llegar al Hospital de Día Paúl, le felicita a Jeremías su onomástica. El resto nos sumamos a la felicitación. El enfermero psiquiátrico comenta que hoy regalan el mapa del País Vasco comprando el diario El País. Dice que se ha agotado. Yo traigo mi mapa. Todos lo miran. "Es de Floren", dicen los pacientes. Teresa me enseña un mural en el que se anuncia una actuación en su pueblo, localidad situada a 9 km del Centro de Salud Mental, de la compañía de ballet en la que se ha formado. La cita será el día 6 de junio, viernes, a las 10 de la noche. En el mismo se aprecia una foto de un grupo de niñas de 7 y 8 años, las pequeñas, en pose de trabajo. Añade que a ella no se le ve porque está con las mayores detrás de la escenificación. Teresa me muestra su deseo de compartir con todos nosotros, conmigo, este acontecimiento al que ella acudirá como espectadora puesto que declinó la invitación que le hiciera su profesora de participar en la representación, alegando falta de tiempo por su estado de compromiso con el Hospital de Día y con la preparación del examen del 21 de junio.

A continuación se inicia la actividad del vídeo. Teresa toma el bolígrafo y comienza a leer y a escribir sobre la siguiente escena. Una vez leída la escena de la semana pasada en la que se describía el discurrir de una clase, se comenta sobre el contenido a escribir relativo a la finalización de la clase y a la separación de los alumnos en tres grupos, uno se queda en clase, el otro va a la cafetería y el tercero se encuentra en el patio. Es el recreo. Se describe y después de acordar el contenido, teniendo las escenas bien fijadas, se pasa a su redacción por parte de Teresa.

8 de octubre de 1997

Este día era especial. Sabíamos que el paciente Paúl se iba a despedir del H de D, de sus compañeros, de sus terapeutas, aunque no de la institución que le ofreció el espacio del postgrupo, de dos años de duración, con el objeto de que consolidara los progresos logrados durante su trabajo de seis meses en el H de D y en los grupos, dos a la semana, de psicoterapia.

Asiste el equipo al completo a la reunión, más las tres psicólogas voluntarias -finalmente serán tres y no dos-. Falta Petra. Se esperaba para la actividad del grupo multifamiliar la presencia de dos psiquiatras suizas. Fue por ello que durante esta semana no se cambió al nuevo horario, decisión que se tomara en la jornada del viernes 26 de septiembre, jornada de reflexión de los pacientes del Hospital de Día.

Hoy se hablaría de las familias de los pacientes. El psiquiatra informó de la sesión familiar de Sam. Charo de la de Gabriel, el psiquiatra de la de Lalo, Charo de la de Pili y de la de Tomás. La valoración de la evolución del proceso de Sam fue muy positiva. Salieron logros importantes de este paciente durante el pasado. Él era un hombre de mucho mundo. Navegó, trabajó y ayudó a su hermana y a su familia tanto económicamente como por hacer de embajador en viajes de recreo al extranjero. El paciente sin embargo se muestra como soldado, agarrotado en su cuerpo, asido por la estructura obsesiva de su sistema de defensas. De Gabriel Charo comenta el problema de que el hijo no desee volver al Hospital de Día. Acude únicamente la madre a la sesión. Gabriel se pasa el día entero en la cama. La madre se muestra aliada con el hijo para obstaculizar el cambio, que le supondría entrar en emociones de angustia muy fuertes, así como la revisión de la problemática familiar con la presencia de una hija toxicómana. El padre, enfermo de una fuerte depresión. La situación en casa es emocionalmente intensa. Yo hago una valoración positiva de los logros de este paciente en esta última experiencia: llegó a mantener el tipo durante 4 meses en el Hospital de Día. El psiquiatra, escuchándome, varía su anterior análisis de la experiencia del paciente, mucho más derrotista. El equipo acepta esta interpretación del fracaso terapéutico del paciente, en la esperanza de que algún día regrese para continuar desde donde lo dejó y así podría llegar más lejos. No se pudo hacer más. Charo anima a la psicóloga voluntaria Ingrid informándole de que empezarán a ver a Mario ambas. Esta psicóloga era coterapeuta de Gabriel, el paciente que dejó el tratamiento. De Tomás depositó en el psicólogo voluntario Blas la tarea de la transmisión del material de la sesión. Básicamente, se debatió el estado de paranoia del paciente que vive sintiendo un ojo que le vigila desde atrás. Este ojo le exige mucho. No escribe nada. Está confuso. No sabe qué proyecto acometer. No desea estudiar 3º de BUP, donde abandonó sus estudios, a pesar de que los padres le han matriculado para este curso que ahora empieza. Se interpretan sus comentarios a mí como el resultado del deseo del paciente de llegar a ser como yo: un escritor, porque yo sí lo soy. El paciente se define a través de su deseo igual que si ya pudiera escribir. Pili está mejor. Afronta la ansiedad derivada de la separación de su mamá para acercarse a sus iguales del curso de inglés. Le cuesta mucho mantener el esfuerzo de asistir y de entender las explicaciones que da el profesor. No hay tiempo para más y pasamos al H de D.

Asistirían doce pacientes. Lola llegó cuando comenzábamos la degustación de la comida. Teresa llegó a la hora del desayuno enfadadísima. No había venido ayer. Dió grandes pasos. Gritó que se iba del Hospital de Día. Dijo que nos regalaba su cuadro que estaba elaborando en su espacio de taller, como recuerdo de su estancia con nosotros. Hizo además de sentarse a mi lado. Sacó la silla con la intención de acercarse. Yo me quedé sin reacción. En esa décima de segundo que yo falté por tener ese día los reflejos lentos, le detuvo en esa intención y se fue cerrando la puerta sin dar un portazo. Yo hice ademán de salir detrás de ella, pero dudé. Nos miramos el enfermero psiquiátrico, Ingrid y yo. Mirta salió detrás de la paciente. La paciente había dicho que se iba a la playa para disfrutar del día en la compañía de algún amigo.

Yo tuve un conflicto con mi contratransferencia. Pensé en la idea del acompañamiento de la paciente por la calle. Pero a la vez temí por la posibilidad de que fuera acusado de connivencia con los deseos eróticos incestuosos de la paciente. Pensé en aquel incidente ocurrido en mi consulta hace muchos años, cuando una paciente me dió un par de besos en las mejillas al despedierse de mí en el quicio de la puerta de entrada del centro de Psicoterapia en donde yo entonces trabajaba. La paciente lo hizo delante de la secretaria y de otra psicóloga que estaban hablando amigablemente sentadas en las butacas del hall de entrada. Éstas reaccionaron corporalmente poniendo cara de asombro, lo que me confirmó la impresión de que la paciente había actuado su afecto hacia mí ofreciendo una muestra de ello ante las otras mujeres de la consulta. Este insignificante incidente me ocasionó un problema con el jefe del centro, quien se enteró del mismo y me llamó al orden con la amenaza de despedirme de allí. Aunque años más tarde me pidió a su manera disculpas por lo equivocado de su interpretación de aquella anécdota, el daño estuvo hecho. Entonces, yo decidí despedir a la paciente en la puerta de mi consulta, a solas, para ahorrarme las dificultades de una repetición de la actuación de la paciente que me llevaría a afrontar un serio conflicto con la institución en donde yo trabajaba. Observé que la paciente ya no me besaba al despedirse de mí.

Teresa vino con el padre, que se quedó con ella y la acompañó hasta la institución. De esto se quejaba Teresa: "Estoy harta de que mi padre me siga a todas partes y no me deje en paz. No soy una niña". Ésta era su frase. Llamaron al jefe del servicio, quien al final atendió a la hija y al padre. Yo mientras tanto, contuve al padre, haciendo espera hasta la llegada del jefe del servicio, el médico de Teresa. "Quiero estar con mi médico", bramaba. El padre me informó de que la paciente había aprobado linguística y había realizado el día anterior la tramitación para la matriculación del nuevo curso universitario. A partir de allí la paciente se disparó.

La celebración de la despedida de Ramón fue maravillosa. En el desayuno hablé con Sam, con Jeremías, con Tomás, quienes se interesaron por mi actividad de ayer, ya que no me vieron. Les expliqué que ya sabían lo de mi despedida del espacio de musicoterapia y del de psicodrama. Les anuncié mi despedida del espacio de expresión corporal del próximo viernes. Lo aceptaron bien. Sam me hizo el comentario jocoso de que yo me despedía lentamente y no bruscamente como los otros.

10 de octubre de 1997

Sesión clínica. Se decide cambiar el lugar ante la presencia de numerosos asistentes a la sesión. Asiste el equipo al completo menos Petra, las tres psicólogas voluntarias que ya forman parte del equipo y las dos psiquiatras suizas: Maca y Luisa. También el jefe del servicio. Maider también. Beti entraría antes del final.

Se visiona el vídeo del psicodrama del pasado día 7 de octubre, en el que se hizo una representación de la despedida del paciente Paúl, quien realizó un excelente proceso psicoterapéutico durante su estancia de seis meses en el Hospital de Día. El psiquiatra hizo las labores de presentación de la actividad de psicodrama, de la que detalló que estaba dividida en tres tiempos: el primero era la puesta en común del estado emocional de cada uno de los pacientes, el segundo era la invitación a aquellos pacientes que estuvieran especialmente motivados para ello a la representación del conflicto que trajera, siempre procurando que todos los pacientes tuvieran el mismo espacio para representar sus conflictos, y el tercero y último tiempo era la puesta en común de todo el material que la observación de la representación daba lugar. Esta explicación iba dirigida a las dos psiquiatras de Suiza y a las tres psicólogas nuevas voluntarias.

Visionamos la grabación. En ella el paciente Paúl mostró un grado importante de capacidad de simbolización. Su ejercicio era el de representar a todos y a cada uno de los compañeros del Hospital de Día. También cada compañero hizo una representación a su vez de aquello que se quedaba de Paúl. Salió mencionado varias veces el viaje en bicicleta de Paúl, que significaba su proceso terapéutico, su salida de la psicosis. No participó en el psicodrama Vitorio, al que se consideró un paciente con reducidas posibilidades de aguantar los seis meses del proyecto, ante las presiones de su madre para que se emancipe -esto lo contó Petra a la reunión del lunes siguiente-. Además el vínculo establecido con los compañeros era escaso. Este paciente se mantiene un tanto apartado del grueso de pacientes. Se valoró la espontaneidad de Chus en la representación de su compañero en comunión con la naturaleza.

El documento fue extraordinario por su contenido demostrativo de la capacidad de los pacientes esquizofrénicos para desarrollar un proceso psicoterapéutico propio que les rescatara del núcleo de la psicosis. Las psiquiatras suizas se llevaron una profunda impresión del resultado de la sesión del psicodrama de aquel día. Luego desayunaríamos con los pacientes.

Al cabo de un rato iniciaríamos la jornada de la última expresión corporal de la antigua etapa. Beti dividiría la sesión en dos partes: la una en torno a unos ejercicios en círculo. Cada participante realizaba unos movimientos a los que el resto imitaba, que luego derivarían en un contacto con el suelo.

La segunda parte estuvo centrada en la actividad plástica. Beti repartió una plastilina a cada participante -las psiquiatras suizas y yo participamos, la voluntaria Ingrid declinó la invitación adoptando una posición que pretendía ser la de la ayudante de Beti, cuando la misma Beti le había invitado a participar-. Con los ojos cerrados los pacientes conformaron una figura. Disponían de plena libertad para elegir el tamaño del muñeco.

Los pacientes admitieron bien la venda que se les puso para asegurar que los ojos permanecerían cerrados durante el ejercicio. Chus declinó la venda alegando que no lo aguantaba. Las psiquiatras suizas y yo hicimos lo mismo, pero por distinta razón que la esgrimida por el paciente Chus, en nuestro caso no lo necesitábamos, mientras que en el caso de Chus la razón era que él no lo aguantaba. Al final, pusimos los muñecos encima de una tabla que representaba el espacio del Hospital de Día. El muñeco de Chus era una forma alargada que a mí me pareció la imagen de una foto movida por estar sacada en movimiento. Al cabo de poco el paciente pegó un fortísimo golpe al muñeco. Todos eran trasuntos de cada uno de los autores. Este movimiento que alguno calificó de terremoto tiró a algunos muñecos de pie al suelo. Los autores los volvieron a poner de pie. Chus recogió su muñeco. Dijo que no le gustaba. Entonces hizo una bola y la colocó en la perifería en lugar de en el centro, anterior espacio que ocupara el muñeco alargado. Beti le interpretó que la bola era una mórula. El paciente dijo que ahora sí se parecía a él porque se veía gordo como la bola. Felipe colocó un muñequín en la perifería, sin apenas espacio ni cuerpo. El grupo le devolvió la idea de que a ese muñeco le faltaba alimentación. Yo aporté que también le faltaba espacio para desarrollarse. A su lado se encontraba el muñeco de Jeremías, que se encontraba tumbado al igual que su autor, quien explicó su estado de cansancio por las actividades de toda la semana. Vivió mi muñeco, de pie, como amenazante. Le aclaré que no era esa su actitud sino la de dar un abrazo. Sam hizo un muñeco grande, un extraterrestre.

Beti pasó a todos una hoja con las siguientes preguntas para contestar, sobre el muñeco: 1ª ¿Quién eres tú? 2ª ¿Qué expresión principal encuentro en él? 3ª ¿Qué necesita? 4ª ¿Dónde encuentro más vida en él? 5ª ¿Dónde encuentro sus dificultades? 6ª ¿Cómo es su manera de estar? 7ª ¿Cómo son sus articulaciones? 8ª ¿Cuál sería su movimiento? 9ª ¿Qué personajes me inspiran ese ser? Después vino un espacio de comentarios por parejas. Yo estuve con Tomás.

Al final, la puesta en común. La despedida de las psiquiatras suizas, quienes muy emocionadas informaron de la intensidad de la experiencia y agradecieron a los pacientes la oportunidad de la experiencia. Los pacientes les devolvieron un cerrado aplauso y les comunicaron el buen vínculo que habían establecido con ellas dos. Beti se fue y me dejó al mando del grupo. Lo piloté durante cinco minutos. A su vuelta informé de mi despedida del espacio al grupo. Éstos me aplaudieron. Me sentí muy a gusto.

Les agradecí sus ricas enseñanzas. Les conté que yo comencé mi carrera de psicoterapeuta llevando grupos de expresión corporal. Les hablé de que esta actividad reducía la diferencia entre terapeutas y pacientes a la mínima expresión: ambos éramos iguales: personas. Esto gustó mucho a los pacientes. Beti me agradeció con su característica amabilidad la ayuda que le había prestado. Me confió su sensación de verse vigilada al principio, y el cambio experimentado hacia su vivencia de que yo estaba a su lado para los momentos difíciles. Así acabé mi experiencia con la expresión corporal. Me llevé en lo más profundo de mi corazón el cariño del grupo.

SEIS AÑOS DESPUÉS

Los pacientes

Lalo regresó al trabajo en la huerta de sus padres.
Mari volvió al estudio.
Lola terminó la licenciatura.
Juana empezó a trabajar.
Kin abandonó las drogas.
Tomás retomó los estudios de bachillerato.
Chus se presentó a entrevistas de trabajo. Tiene novia.
Sam se hizo cargo de su madre viuda.
Gabriel retomó su labor de cameraman en la TV.
Teresa terminó la licenciatura.
Pepe se puso a trabajar.
Paúl se mudó a un piso con amigos.
Carmen se instaló en un piso.
Susana trabaja.
José se suicidó.
Ariz sigue en tratamiento.
Pili sigue en tratamiento.
Chento sigue en tratamiento.
Fede recuperó el habla y se comunica normalmente.
Tirso trabaja.
Iker sigue en tratamiento.
Ros sigue en tratamiento. Juega con sus amigos.
Txetxu trabaja a temporadas.
Felipe alterna las temporadas de ingresos con los trabajos.
Jeremías sigue en tratamiento.

Los terapeutas

Mirta se casó y emigró.
Ana es grupoanalista docente y tuvo hijos.
El psiquiatra sigue dirigiendo el Hospital de Día.
Charo continúa trabajando con grupos.
Ingrid inició una psicoterapia. Petra encontró trabajo.
El enfermero psiquiátrico sigue ayudando a los pacientes.
Blas encontró trabajo en una comunidad.
Maider se instaló en la privada y trabaja con grupos .
Beti sigue conduciendo la expresión corporal.
Dra. Bilbao cambió de centro de trabajo.
Carla se hizo grupoanalista y encontró trabajo en el sector sociosanitario .
El jefe del servicio continúa en su puesto, ayudando a los pacientes.
Fernando cambió de puesto de trabajo.
Alberto realizó su tesis doctoral.
Carlos murió en un accidente de tráfico.
Las dos psiquiatras suizas acabaron su formación grupal.
Yo me hice grupoanalista y encontré trabajo en el sector sociosanitario.

CONCLUSIONES

La experiencia de aprendizaje mediante el método de inmersión consistió en el trabajo desde las 8;30 horas hasta las 15;15 horas durante todos los días de la semana, en la institución organizada interiormente como una comunidad terapéutica. Desde la primera reunión de equipo, nada más comenzar la jornada, hasta la última reunión de equipo al final de la jornada, trascurrían casi siete horas de trabajo intensivo grupal, que son muchas horas, todos los días de la semana.

A lo largo de la experiencia, pude desarrollar la asistencia clínica en psicoterapia grupal, farmacoterapia antipsicótica de última generación, mi formación y aspectos de política, enseñanza y administración de gestión en salud mental. No obstante, he preferido exponer mis ideas sobre trabajo grupal en este formato de contar lo que pasó, para eludir la inevitable dificultad con la que se encuentran las nuevas generaciones de psicoterapeutas grupales a la hora de aprender de sus maestros, cuando éstos utilizan un lenguaje teórico, tipo jerga, que inevitablemente sesga la comunicación, facilita la aparición de muchos malos entendidos, la hace aparentemente falsa, idealizada, y a la postre se muestra ineficaz para conseguir el objetivo de la transmisión de conocimientos.

Es decir, he preferido exponerlo así para que se entienda.

 

 

 
 
             
   
   
   

ASMR Revista Internacional On-line - Dep. Leg. BI-2824-01 - ISSN 1579-3516
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